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domingo, 23 de noviembre de 2014
domingo, 16 de noviembre de 2014
jueves, 11 de septiembre de 2014
Granos de collar, perlas de arena. Emilia Vega
Prólogo
Microesferas llenas de relatividad, redondeces esférica-mente abiertas de la vida. Todavía podemos aprender a mirar, a escuchar, a tocar, a degustar, a oler, a explorar todas aquellas cosas inexplicables que nos hacen sentir vivos y que viven con nosotros a nuestro lado...
seamos recién nacidos.
Sólo el polvo opaco acuático te controló te sacudió, tan profundo miedo te ibas haciendo caracol, en la pista la huella del rastro tu baba asquerosa viven mil caras comiendo lechuga transfigurada. Y los ojos se salen al polvo flotando, diarrea de timbres, qué presión los revienta como sismo sistemáticamente sonando y sanando al fractal finito de fea menfita de camafeo que forra tu concha de molusco caracol. Alguien te pisó.
Esto no es la comisura del comienzo, tan poco escaso universo amontonado en el remolino de la aspiradora tenemos, que estamos llenos de polvo. Complot del polvo venimos y al polvo nos vamos, sí, ese, cualquiera, ejemplo: maquillaje de tu vieja porfirizada en el polvo de un hotel, y después naciste vos, así que nomás tirate al polvo, mordelo arrancalo sangralo escupilo arrastralo como un caracol; rompé la persiana sacá las ventanas quemá las cortinas, no importa nada ya:
el polvo se nos mete en el calzón.
viernes, 18 de julio de 2014
jueves, 15 de mayo de 2014
Memorias de América
Emilia Holstein, Delfina Candi Tormos, Emilia Vega
viernes, 28 de marzo de 2014
Emilia Inés Vega
| "De pronto la veo besando la escarcha que entre sus labios se vuelve cristal. Tócame la frente, descubre mi tiempo, súbete a mi espalda y volemos los dos." Zamba, de Arco Iris. |
viernes, 20 de septiembre de 2013
2 Minicuentos - Emilia Vega
Meandros
Tenía la garganta seca. Acezando, manotea la botella en la mesita de luz mientras se le llena el cuerpo de fastidio debajo de las sábanas. Más a un costado o por el borde, libros que terminan por el piso y el ruido punzante de un anillo contra el suelo. En el silencio de la noche todo se transforma y agiganta. Incluso un monstruo de faringe encendida puede aparecer sigilosamente debajo de la cama, listo para tomarte por sorpresa.
Todo vuela y cae en la oscuridad, con ojos cerrados se levanta la bestia y a tumbos las pisadas resuenan hasta que llegan a la cocina. Botella que se reencuentra con manos que la sujetan violentamente, la raptan, la abren y le quitan su contenido cuando labios resquebrajados se hacen de su pico. Ella gime y suplica, el agua la abandona. Pero el monstruo aún sigue sediento, todo se evapora en sus fauces ardientes. Luego del dulzor del agua escondida, se vuelve para continuar con el sueño que hace poco soñaba.
De regreso al lecho, contundente se acuesta y su cuerpo respira. No tarda en recorrerlo un escalofrío desde la nuca. Oye el silencio, y entre la sospecha una respiración a su lado. El peso de algo o alguien en su colchón. Petrificado no atina a prender la luz, y un sudor recorre sus manos conturbadas. Siente cómo se acerca la presencia y cómo parece observarlo. Siente la humedad que lo envuelve y empapa lentamente las sábanas. Se estremece con el vaivén de su cama, y un murmullo constante viene desde abajo. Trata de ignorar todo, de dormir aunque sus mandíbulas traten de apresar su aliento. En su lecho, río abajo se desprende un tronco, que queda flotando a la deriva otra noche más.
Reparo
Yo, Rosa y su familia vivimos en este pueblo hace muchos años. Tuve la suerte de conocer a su hija María. Cuando ella tenía diecinueve (hará unos diez años atrás creo), una mañana caminaba hacia la parada del colectivo y fue atropellada por un chico que andaba en bicicleta. Pese a que no la golpeó muy fuerte, la muerte quiso llevarse a la joven María, cuando al caer su cabeza impactó el cordón de la vereda y desfalleció en el acto. El duelo fue largo, la lloraron y extrañaron, porque cuando una hermosa flor es arrancada, siempre se hace más duro el pesar y más terco el recuerdo. Sin embargo, la familia tomó la decisión de donar el cuerpo de la muchacha a la salud pública, es sabido que los cuerpos jóvenes siempre son bienvenidos y necesarios.
La otra tarde, me encontré con Rosa en el vivero de la esquina de lo de Roberto, y me invitó a tomar unos amargos a su casa. Al entrar a la cocina comedor, noté las fotos viejas descansando arriba de la heladera y en la repisa. María estaba en varias de ellas junto a sus hermanos, con su amplia sonrisa, sus bellos ojos verdes. Entre la charla, los mates y las facturas, en una de esas Rosa me dice que tiene noticias de María. Mi primer pensamiento fue de pena, me pareció raro que anduviera diciendo esas cosas luego de tanto tiempo. Me dijo que un día se cruzó con alguien por la calle, que no era nadie en particular. Ni recuerdo ya si era mujer o varón. Estaba parada mirándola sin disimulo alguno, realmente confundida; mirando su rostro, tratando de buscar en la memoria ese lugarcito donde encontrara el día en el que había visto a esa persona. Me quedé seca cuando simplemente su mirada y la mía se encontraron, y te juro Luis, te juro que esos ojos verdes eran de ella. Si, aunque no me creas, mi María y yo juntas otra vez.
jueves, 11 de julio de 2013
Cliché
Se estaba haciendo tarde. Y ella cansada. Pero no se quejaba. Rodeada de gente agradable, los rostros se confundían con la luz palpitante. La música marchaba en sus oídos y una bella sensación la mantenía en vilo. Cosquilleo en el vientre, navegaba por alta mar. Reía alelada, primorosa, acicalando la conversación con aires de coqueteo. Siempre con esos matices imitados de gracia y amor. Sintió una perturbación en su cadera, teléfono llamando otra vez. Era él, pero no iba a responder. Esa noche acabó prematuramente. Avergonzada, ella rechazó cualquier intento de aproximación, en la oscuridad no se notaron sus ojos lúgubres.
Y al llegar a la entrada de su edificio, esta vez sin compañía, echó una mirada fugaz cruzando la calle para comprobar que seguía allí, observándola a través de las rejas e iluminada como una visión. Para constatar que no se fue, que no la había abandonado.
Una mañana perdida en sueños, un despertar con boca seca y sin ansias. La tarde soleada la invitaba al footing palermitano, a la oxigenación dominical. Pero fue empujada a permanecer en su sillón, agobiada, acecinada. El teléfono volvió a acosarla. Lo ignoró. Hacía días que él no sabía nada de ella. O eso quería creer. Tirada, recordó cómo la había aferrado la última vez. Sentía el peso sobre su cuerpo, como aplastada yacía en el sofá. Impresas en su memoria, las palabras que le dijo antes de entrar al fastuoso hotel, la ataban a la humillación, a la desesperación. La enervaba no haber dejado claras las cosas. Quizás él era así con todas, primero las envolvía en zalamerías, las llenaba de frenesí, pero nunca irían a faltar esas súplicas patéticas, esos besos carentes de amor. Con sólo la intención de invitarla a que cayera embelesada por sus lujos, se dio cuenta qué aparentaba. No era lo que buscaba, más allá de no mostrarse insatisfecha frente a un tipo serio como él. La molestia ofuscaba el recuerdo del placer. Porque no hubo más deleite que el carnal. Odiaba su lascivia. Pero no se quejaba. Cesó de sonar el teléfono y otra vez se dejó llevar por la televisión llena de morbo, filantropía y egoísmo, que consolaba a su corazón inquieto por la culpa. De vez en cuando su mirada se desviaba a través del balcón, podía divisar la vereda y a ella, que la esperaba como una efigie. En no-tardes como esas solía acordarse de su juventud, que tan olvidada la tenía, pese a ser casi una niña.
Salió temprano, un día ocupado con cosas que consumen tiempo para hacer. De desayuno, cautelosa fue a fotografiar el bostezo de la muñeca de enfrente. Luego continuó su rutina de crearlo todo, distraerse de todo. Primero la revista, buscó trabajo para la semana. Después voló por los lugares habituales, haciendo piruetas por acá y allá, pispeando a conocidos y no conocidos, envolviéndose en charlas que a la noche no recordaría. Lo único que permanecería en su cabecita serían los minutos que pasó frente al escaparate, como otras veces cuando volvía a su refugio. Instantes de sosiego y admiración, abstraída completamente del mundo. Vestida de colores y bordados con pedrería, aquella era dueña de un cuerpo esbelto. La imaginaba suave, mientras pasaba los dedos entre su cabello. Parecía gozar de su desplante como una ninfa, sonrosada venustez que poseía. Y cuando contempló con timo sus ojos reflejados en el cristal, la mujer volada le susurró “qué bella eres”, suscitando su escepticismo, elevada su duda al aire. Hesitaba entre creer o no creer, que ella era (curiosamente) la que debutaba en el arte del amor. Lo triste sobrevino cuando él se intercaló, arruinando el nimbo. Ella lo vio esperándola en el umbral y de inmediato receló. Hola, amor, ¿Qué hacés acá…? Nada, vine a verte, ¿Te gusta la ropa de ese local, no? Ya sé, voy a comprarte algo. Ella se opuso con las fuerzas que le quedaban. No iba a permitir que la viese. Debía salvaguardarla como sea. ¿No querés pasar a tomar algo? Perdoname que no te llamé, estuve muy ocupada estos días, pero sería mejor subir si querés, estoy cansada en verdad. Jugaron el juego que siempre se presta fácil, terminaron desvanecidos con el deliquio. Ambos pensaron que no existía mejor relación que dos cuerpos comprendiéndose a la perfección. Por un momento se sintió miserable, compartiendo su cama con alguien, pero no se quejaba. Modesta le dio la espalda, segura de que se iría temprano y arrullada dulcemente por la ninfa, se durmió inmóvil.
Redolaba en la cama, contorneando la silente silueta en el sueño, la figura sin cabeza, tratando de alcanzar… y a la mañana con su cámara daba vueltas por el rosedal. Enfocaba lo que le apetecía, tenía paisajes en su mirilla, tenía ellas y ellos que antaño eran hermosos, ahora parecían moverse tordos, enormes, idiotas. Pero tenía margaritas en su cabello, a punto de ser deshojadas, me quiere no me quiere. El mediodía transido de café, angurrias diarias que intensifican al cénit de la pereza. A la tarde cayó por la redacción, dejó las fotos para revelar. Más tarde se brindó un poquito de contentura nocturna, amigos y amigas, risas y humo. Pero no se quejaba, porque al final regresó con su sombra, redimida de su exhaustiva tarea, consagrada al lecho y en su futuro soñar, a ella. La despidió desde el balcón con un saludo de buenas noches, antes de volver a caer en el cobijo de la oscuridad.
Sonó el timbre. Desorientada se levantó camino a responder y como gato se desperezó, rayada de luz colándose por la persiana. Era él. Lo invitó a subir, no podía rechazarlo sin excusas. Mirando la hora, se sintió abatida, era casi mediodía. Acomodó un poco el lugar, se vistió rápidamente bajo la mirada del otro, mientras oteaba por la ventana. Cualquier cosa le sentaba bien, casi sin mirarse al espejo se maquilló y sin embargo estaba preciosa. Él la llevó a almorzar a su restaurant preferido. Alabó la calidad de las carnes y la educación del servicio, mientras ella apática, hastiada, apenas tocaba su ensalada. Él empezó a mostrar preocupación (fingida). Últimamente te veo cansada, ¿Estás comiendo bien? ¿Seguís yendo al gimnasio? Respuestas pobres, poco armadas, estaba realmente trastornada. Sí... no sé, no pasa nada, quizás será que me están dando más trabajo en la revista. El interrogatorio se sucedió con una discusión fuera del alcance público. Él no podía seguir permitiendo esta indiferencia. Mirá, voy a ser directo: creo que no soy el único en tu vida, decime si me equivoco, porque espero estar malinterpretando la situación. Ella seguía desconcertada, le hizo promesas que se juró a sí misma cumplir. Él se repitió varias veces. ¿Vos tenés idea con quién estás hablando, no? Pero ella no se quejó. Luego lentamente pasearon por el botánico, ella entrelazó su mano con la suya, caricia sumisa. Sintió repugnancia de sí misma. Reposaron en el jardín francés, el mínimo roce de sus cuerpos la volvía loca, quería huir. Más tarde el improvisado rendez-vous concluía en su esquina. La dejó partir desde el vehículo con un beso de despedida. Melifluo para él, superfluo para ella.
Apenas pisó el suelo, corriendo fue a verla, pero no dejó que la demorara más de lo necesario. Caminó hasta el negocio a buscar sus fotografías. Esperó, contenida por el ambiente familiar. Le devolvió la gentil sonrisa al empleado, recuperando el calorcito, la serenidad perdida. La tarde soleada se interrumpió apenas, con el llamado de una amiga, ocurrente invitación a tomar algo. Con la luna a su espalda finalmente aterrizó en el hogar. Dejó las cosas desparramadas por la mesa, y al vuelo agarró el sobre con los revelados, que llevó en un dos por tres hasta la cama. El silencio y la luz del velador, ella recostada sobre su panza, pasando velozmente las imágenes hasta encontrarla. La arremetió a primera vista. La sujetó con violencia, hasta entender qué ocurría. La vidriera, y del otro lado la ondina. Y en primer plano, se superponía tenue una mujer, con la cabeza escondida detrás de la cámara. Era una extraña composición.
Esta vuelta, en frente no había reja. La luz del escaparate prendida y el negocio vacío. Cruzó la calle y despacio se acercó. Su respiración se marcó sutil, y los ojos nebulosos contemplaban absortos. Era una verdadera fantasía. Su cuerpo sonriente, arrobado de tirada desnudez oculta. Alzada en la punta de sus pies, intentaba evadirse del reflejo y en un ínfimo balanceo perdió el equilibrio. Se reventó su pecho contra el vidrio, contuvo apenas el aliento. Extendió los brazos hasta ella, creyó dominarla en un cálido abrazo de bienvenida. Duró, duró el feliz ensueño, sin embargo se sintió vejada, iludida su ilusión. Se observó unos segundos, radiante e iluminada en el cristal. Luego manos frías la tomaron desde el cuello, golpeándola contra el suelo del local. Lloró vestida de colores y bordados con pedrería, terminó sofocada su cabeza, desarraigada y perdida.
jueves, 16 de mayo de 2013
viernes, 29 de marzo de 2013
Al Pasar El Tiempo - Emilia Vega
En mi
vida hay épocas, etapas caracterizadas por algo en especial. Momentos y
elementos imprescindibles en mi forma de ser. La lectura y la literatura son
una de esas cosas que me atraviesan, desde mi niñez temprana hasta la
niñez/adolescencia de hoy en día.
“La gallina Carolina, corre, salta,
camina. Ha dejado el gallinero y va en busca del granjero…”.
Ese es mi primer recuerdo, un libro infantil titulado “Carolina en la Granja”,
que todavía está dando vueltas en mi habitación. Leído a solas, o con mi mamá,
antes era común y cotidiano, pero ahora pertenece junto con otros libritos
inolvidables, a una caja en mi ropero.
En
casa de mis abuelos, había una colección de libros para niños, llamada “Gran
Enciclopedia de los Pequeños”, que había pertenecido a mi mamá en su niñez y
que luego fue mía. Cuando me quedaba a dormir, mi abuelo, antes de dormir me
leía un capítulo de alguna de esas, el que yo quisiera. Tenía ilustraciones
bellísimas. Esa fue mi primera puerta al mundo, supongo.
Fue
en el jardín de infantes que me definí como lectora de biblioteca. Me
prestaban libritos de la pequeña
biblioteca del jardín. Aunque ahora mismo no concurra a ninguna, (porque con los
libros que hay en casa tengo para entretenerme todavía) desde el verano en el
que iba a empezar la primaria, hasta hace unos dos años, era socia de la
biblioteca popular Cornelio Saavedra. Era sensacional elegir, traer a casa,
comentar, y luego leer. Leer de noche. Leer por placer. Siempre leí antes de
dormir. Era inusual que lo hiciera en otro momento del día. Ahora el cansancio
lo hace imposible.
Leo
mucho menos que en mis años de primaria. Me da pena, porque realmente
disfrutaba de la lectura. Leo en mi cuarto, en el colegio, en el colectivo. No
puedo leer en presencia de ciertas personas, o algunas situaciones, porque me
desconcentro muy fácilmente. Intento terminar los libros que elijo comenzar,
pero estos últimos años me cuesta. Voy lento, no me engancho como antes. De
todas formas, no me preocupa, porque conozco la causa de este trastorno. Hace
dos años, cambié mi forma de leer. Y no solo libros, sino música, y también de
hacer música. Quizás hace cinco años, leía varios libros al mes, pero luego de
terminarlo, olvidaba el contenido. No todo, me quedaba una vaga idea del
conflicto principal, pero los finales se me escapaban siempre. Lo mismo pasaba con las piezas que tocaba: la
leía, la estudiaba, perfeccionaba un poco la interpretación, y listo, a otra
cosa. Nunca tocaba de memoria, y luego, si quería tocar alguna de nuevo, tenía
que volver a hacer el mismo proceso de lectura para acordarme un poco, y
volverla a estudiar. Con el último profesor de piano que tuve, comencé planteándole
mi problema: me angustiaba no poder recordar las cosas que toqué hace más de un
año. Allí comenzó el proceso de aprender a analizar la obra al mismo tiempo de
leerla y estudiarla, para luego interpretarla de memoria, sin la ayuda de la
partitura. Eso le dio una nueva estructura a mi forma de leer literatura, se me
hizo mucho más difícil y complejo, como también llegar a interpretar una pieza
según mis nuevas aspiraciones. Los libros que comencé a elegir no eran tan
ligeros como antes. Pero ahora, aunque me cueste terminar mis lecturas y muchas
las abandono simplemente porque no encuentro el deseo de leer, sé que en cada
lectura aprendo algo nuevo que permanece conmigo en mi memoria, como también
así lo hace la música que hago. Es un esfuerzo, pero muy satisfactorio.
Mi
autor favorito de niña, es Elsa Bornemann. Ese fue, al menos, el primer nombre
que se me vino a la mente. Después aparecen Luis Pescetti, Graciela Cabal,
María Inés Falconi, Graciela Montes, Roald Dahl, María Brandán Araoz, María
Elena Walsh y varios otros que están en la biblioteca de mi cuarto. Biblioteca
de los libros comprados. También me solían gustar mucho los policiales, y los
de terror. Ahora no tengo un género literario favorito, así como tampoco un
autor predilecto. Me intereso en los libros que me recomiendan, en los clásicos
universales. Trato de cubrir el espectro, ampliarlo. Hace poco terminé, luego de casi un año de
tenerlo abandonado (¡¡Más no olvidado!!) “Los Miserables”. Ese libro cambió un
poco mi vida, y haberlo terminado lo considero como una hazaña. Otro libro que
cambió cosas fue “Los señores Moc y Poc” de Pescetti, y también “El Mundo de
Sofía” de Gaardner. Un libro de los tantos que no pude terminar de leer, es
“Rayuela”. Fue hace tres o cuatro años. Me lancé a sus brazos, muy encantada,
pero dudo que realmente lo estuviera leyendo. Elegí el camino corto, y para el
capítulo 48, empezó a perder el sentido. Obviamente no lo entendí como debiera
ser. Lo dejé, y nunca más lo retomé. Quizás ahora o dentro de un tiempo sea el
momento oportuno para volverlo a leer desde el comienzo, y esta vez, hacer la
rayuela.
Cuando
empiezo un libro, me detengo en la contratapa, y después leo todo lineal mente
sin saltear nada, desde la dedicatoria, pasando por el prólogo, hasta el índice
final. Por último lo cierro, y contemplo la tapa, a modo de despedida.
La
lectura obligatoria no lo es para mí. Uno siempre puede elegir leer o no. Leer
por deber es más que algo desagradable; es un desafío, pero al final lo termino
disfrutando. Si trato de averiguar qué sentido puede tener la literatura en la
escuela, no lo encuentro, porque para mí la literatura es algo que sirve o no a
cada persona, el sentido parte de nosotros. Y si la idea es que la literatura
nos ayude en nuestra formación cultural y moral, estoy totalmente de acuerdo.
Pero cuando en las clases, se ha analizado, discutido, hablado acerca de las
lecturas obligatorias que tuvimos, nunca
se habló del efecto que tuvo el libro en cada uno, nunca se compartió la
intimidad de la lectura, como pretende hacer esta biografía. Más valioso y enriquecedor,
sería analizar cómo se relaciona el libro con nosotros, los lectores, más que
contemplarlo solamente como algo ajeno y únicamente propio al autor y el
contexto en el que fue escrito. Ese es el sentido que debería tener la
literatura en la escuela. Es sorprendente cómo un objeto, que contiene una fracción de la esencia de una persona desconocida, (que quizás ni siquiera es contemporánea a
nosotros), modifica nuestra vida, nuestra forma de pensar, a través de algo tan poco
común (y al mismo tiempo muy común) y fantástico como es creer en la mentira de la ficción. Confiar
ciegamente en una realidad lejana a la nuestra, darnos el tiempo de conocer a
personajes que realmente no existieron, si no fuera por la vida que le dio el
autor y también nosotros, que se la volvemos a dar. Llegar a disfrutar de eso que nos involucra sin darnos cuenta. Hay varios muchos que
seguramente pensaron esto. Después de todo, fantasear, usar la imaginación
nunca es malo; es más, es necesario.
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